Conectando...
El icono circular iba girando a velocidad constante en la ventana recién abierta. Sus ojos se dirigían hacia la luz de la cámara, para verificar que estaba operativa. En menos de diez segundos la ventana lanzó un mensaje: “¿Cuál es tu estado?”. “Harto”, pensó para sí mismo, pero decidió dejar el mismo mensaje que había dejado siempre, el mismo que le había llevado hasta donde se encontraba, en una habitación cutre de un motel a las afueras de Knoxville. Demasiado lejos de casa.
Escribió en el lugar ofrecido para ello “Un tío normal”, en castellano e inglés, pulsó sobre el botón de “Transmitir” y se dijo a sí mismo que esta sería la última vez. Una vez más iba a ser la última vez, aunque estaba vez estaba seguro. Pasase lo que pasase a partir de ese día iba a dejar de transmitir en directo para todo aquél que quisiera mirar.
Tras varios minutos nadie había entrado aún a la sala de chat. Observó el reloj para calcular quién podía estar despierto a las dos de la madrugada de la Costa Este de Estados Unidos: Europa estaría entrando a trabajar o despertándose, la Costa Oeste empezaría a ir a la cama y Asia la descartaba por completo, ya que no iba a entenderse con nadie; quizás habría alguien en Australia.
Pasaban los minutos y sólo algunos usuarios sin registrar se conectaban y desconectaban sin cesar. “Malditos pajilleros”, pensaba, “¡necesito hablar con alguien, hostia!”. Cada pocos minutos recargaba la página, para intentar ser visto entre las primeras cámaras que comenzaban a emitir, el mismo ritual que seguía cuando quería tener audiencia las primeras veces que emitió. Aunque esta vez buscaba un fin diferente: simplemente quería alguien con quien poder hablar, necesitaba alguien con quien hablar.
Tras cinco recargas nadie daba señales de querer tener una conversación. Tecleó lo mismo que otras veces para intentar llamar la atención de algún invitado tímido: “Hola? / Hi?”. Silencio de chat. Llevaba demasiado tiempo conectado y nadie quería hablar. Estaba jugando con fuego. A estas alturas su IP ya habría sido identificada y rastreada. El sonido del motor que se acababa de apagar en el aparcamiento del motel así se lo confirmaba. Se acercó a la ventana de la habitación y pudo ver un par de siluetas oscuras bajar de un sedán. Podría ser simplemente una pareja de tortolitos buscando pasar el calentón, pero no iba a arriesgarse a descubrirlo. Cogió el portátil y la mochila sin deshacer y salió lentamente de la habitación para no llamar la atención. Los dos tipos del coche andaban en el piso de arriba trasteando con un móvil. “Al final no iban a ser parejita”, se dijo y se fijó en la matricula del coche, “Florida, mierda”. Mientras los dos tipos seguían revisando las habitaciones arriba, Bruno sacó su navaja, rajó las ruedas del coche y rezó para que eso les mantuviera entretenidos el tiempo suficiente para poder alejarse unos cuantos kilómetros de allí.
A fin de cuentas esa ya no sería la última vez que iba a conectarse...
El icono circular iba girando a velocidad constante en la ventana recién abierta. Sus ojos se dirigían hacia la luz de la cámara, para verificar que estaba operativa. En menos de diez segundos la ventana lanzó un mensaje: “¿Cuál es tu estado?”. “Harto”, pensó para sí mismo, pero decidió dejar el mismo mensaje que había dejado siempre, el mismo que le había llevado hasta donde se encontraba, en una habitación cutre de un motel a las afueras de Knoxville. Demasiado lejos de casa.
Escribió en el lugar ofrecido para ello “Un tío normal”, en castellano e inglés, pulsó sobre el botón de “Transmitir” y se dijo a sí mismo que esta sería la última vez. Una vez más iba a ser la última vez, aunque estaba vez estaba seguro. Pasase lo que pasase a partir de ese día iba a dejar de transmitir en directo para todo aquél que quisiera mirar.
Tras varios minutos nadie había entrado aún a la sala de chat. Observó el reloj para calcular quién podía estar despierto a las dos de la madrugada de la Costa Este de Estados Unidos: Europa estaría entrando a trabajar o despertándose, la Costa Oeste empezaría a ir a la cama y Asia la descartaba por completo, ya que no iba a entenderse con nadie; quizás habría alguien en Australia.
Pasaban los minutos y sólo algunos usuarios sin registrar se conectaban y desconectaban sin cesar. “Malditos pajilleros”, pensaba, “¡necesito hablar con alguien, hostia!”. Cada pocos minutos recargaba la página, para intentar ser visto entre las primeras cámaras que comenzaban a emitir, el mismo ritual que seguía cuando quería tener audiencia las primeras veces que emitió. Aunque esta vez buscaba un fin diferente: simplemente quería alguien con quien poder hablar, necesitaba alguien con quien hablar.
Tras cinco recargas nadie daba señales de querer tener una conversación. Tecleó lo mismo que otras veces para intentar llamar la atención de algún invitado tímido: “Hola? / Hi?”. Silencio de chat. Llevaba demasiado tiempo conectado y nadie quería hablar. Estaba jugando con fuego. A estas alturas su IP ya habría sido identificada y rastreada. El sonido del motor que se acababa de apagar en el aparcamiento del motel así se lo confirmaba. Se acercó a la ventana de la habitación y pudo ver un par de siluetas oscuras bajar de un sedán. Podría ser simplemente una pareja de tortolitos buscando pasar el calentón, pero no iba a arriesgarse a descubrirlo. Cogió el portátil y la mochila sin deshacer y salió lentamente de la habitación para no llamar la atención. Los dos tipos del coche andaban en el piso de arriba trasteando con un móvil. “Al final no iban a ser parejita”, se dijo y se fijó en la matricula del coche, “Florida, mierda”. Mientras los dos tipos seguían revisando las habitaciones arriba, Bruno sacó su navaja, rajó las ruedas del coche y rezó para que eso les mantuviera entretenidos el tiempo suficiente para poder alejarse unos cuantos kilómetros de allí.
A fin de cuentas esa ya no sería la última vez que iba a conectarse...
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