Bruno salió del motel buscando la oscuridad de las afueras de la ciudad. A estas horas de la madrugada debía seguir lejos de la civilización y llamar la atención lo menos posible. Si la policía lo encontraba estaba perdido; no temía acabar entre rejas, temía no llegar a entrar si lo encontraban. Decidió salir por la parte de atrás y adentrarse en la arboleda que se extendía junto a la autopista.
No podía esperar a que los dos tipos del motel descubrieran que ya no estaba allí. Cogió de la bolsa del portátil el mapa que había conseguido en la recepción del motel esa misma tarde y decidió escoger un lugar por dónde poder seguir huyendo. Hacia el norte, siempre hacia el norte; la arboleda se extendía en esa dirección, por lo que, durante algunos kilómetros estaría resguardado de posibles observadores. Volvió a guardar el mapa y comenzó a caminar, cansado después de varios días sin poder dormir más de treinta minutos seguidos.
Caminaba sigiloso, esperando oir tras cada uno de sus pasos algún ruido que le hiciera saber si le estaban siguiendo. Cada pocos metros se escondía tras el tronco de un árbol para ajustar el oído y calmar la respiración. Nada a sus espaldas, ni siquiera un maldito búho. Llevaba apenas un kilómetro recorrido cuando una luz se encendió de repente a su izquierda. “Mierda”. Su corazón se aceleró y saltó rápidamente tras un árbol para evitar ser visto. Se quedó quieto, esperando si alguien venía de donde la luz se había encendido. Nada, silencio. Oteó tras el árbol para ver el origen y vio que se había acercado demasiado a una de las casas, haciendo saltar una luz con detector de movimiento. Suerte que ningún perro andaba cerca para delatar su presencia.
Con la respiración más relajada siguió avanzando. A pesar de que habían árboles entre esa casa y la autopista la franja de vegetación se había estrechado considerablemente y la luz podía haber alertado a algún conductor. No pensaba esperar para comprobarlo. Alargó sus pasos, confiado por el hecho de que tras media hora no había oído a nadie tras él. O aquellos tipos aún seguían buscándole por el motel o estarían llamando a algunos refuerzos para iniciar su búsqueda por los alrededores. Confió en lo primero y deseó poder poner cuanta tierra de por medio le fuera posible.
La arboleda se esfumaba. Frente a él una carretera se dirigía hacia el norte por debajo de la autopista. Nadie en ambas direcciones hasta donde alcanzaba la vista. Siguió avanzando bajo el puente respirando profundamente, saboreando el frío aire de octubre de Tennessee. El chirriar de unos neumáticos a sus espaldas le advirtió que debía dejar de disfrutar de la nada tranquila noche y empezar a correr como si su vida fuera en ello. Sabía que su vida iba en ello.
Cien metros más adelante un camino de tierra se adentraba hacia el bosque que quedaba a su derecha. Tras él, un coche negro derrapaba a la entrada del camino levantando una nube de polvo a su paso. Refuerzos. “Imbécil”, pensó, “nunca van en un solo coche, gilipollas”. El camino acababa en una antena de telecomunicaciones por lo que Bruno cambió de dirección hacia los árboles. “No se van a ir nunca”, se decía a sí mismo mientras corría tanto como la adrenalina le permitía, “esto nunca acabará”. El coche frenó bruscamente. El sonido de dos puertas cerrándose simultáneamente a continuación le hizo plantearse sus posibilidades. Nulas.
Por lo menos el seguía llevando sus deportivas. Los matones que le seguían debían ser tipos trajeados. Era rápido, pero estaba demasiado cansado para batir sus mejores marcas. Y ellos estaban armados. El primer disparo impactó en un tronco a medio metro de él, haciendo saltar astillas hacia su cara. Cuatro disparos más. No iban a desperdiciar balas, sólo eran advertencias. De nada servía seguir corriendo, estaba perdido. A doscientos metros delante de él el bosque se acababa y más allá se levantaba un instituto de secundaria. Demasiado despejado para seguir corriendo en esa dirección. Se detuvo tras un árbol y paró a escuchar. Nadie más corría.
-Sabes que no vamos a hacerte daño, bro. Él te quiere vivo.
En otra situación hubiera sido un alivio escuchar a alguien hablarle en su castellano natal, pero el acento caribeño no le tranquilizaba en absoluto.
-Te quiere vivo pero no dijo nada de si te quería entero o no.
“Hijo de puta”. Sabía de quién era esa voz y sintió una extraña sensacion de orgullo al ver que el mismísimo lugarteniente del mayor narco de Florida había venido a cazarlo. Todo un honor.
-Así que va usted a quedarse quietecito y permitirme que lo atrape sin desperdiciar más balas, ¿ok?
Oía pasos cerca. Poco discretos, eran dos. Uno de ellos parecía alejarse de él mientras que las otras pisadas se iban acercando. No sabían dónde estaba y buscaban a ciegas. Las posibilidades parecían aumentar a muy escasas. Cogió una piedra de tamaño considerable y se preparó. Calculó el momento exacto. Tres, dos, uno...
-¡Hijo de puta!- gritó al estamparle la piedra con todas sus fuerzas en la cabeza al que tenía más cerca.
El arma que llevaba el matón en la mano se disparó. El fogonazo alertó a su compañero que comenzó a correr hacia ellos. La pedrada hizo caer al matón al suelo de inmediato. Bruno se agachó a coger la pistola rápidamente y salió corriendo hacia el coche. Más disparos, ninguno certero. Doscientos metros le separaban del coche, los doscientos metros más largos de su vida. De repente no habían más disparos. ¿Habrá vaciado el cargador?”, pensó sin detenerse. No era tiempo para averiguarlo.
El coche estaba apenas a diez metros de él cuando su perseguidor logró alcanzarle y lanzarlo al suelo. “Mierda, mierda, mierda”. Estaba atenazado. Sabía que no iban a matarlo, pero no pensaba volver a Miami, nunca. Cogió la pistola con fuerza y disparó.
No podía esperar a que los dos tipos del motel descubrieran que ya no estaba allí. Cogió de la bolsa del portátil el mapa que había conseguido en la recepción del motel esa misma tarde y decidió escoger un lugar por dónde poder seguir huyendo. Hacia el norte, siempre hacia el norte; la arboleda se extendía en esa dirección, por lo que, durante algunos kilómetros estaría resguardado de posibles observadores. Volvió a guardar el mapa y comenzó a caminar, cansado después de varios días sin poder dormir más de treinta minutos seguidos.
Caminaba sigiloso, esperando oir tras cada uno de sus pasos algún ruido que le hiciera saber si le estaban siguiendo. Cada pocos metros se escondía tras el tronco de un árbol para ajustar el oído y calmar la respiración. Nada a sus espaldas, ni siquiera un maldito búho. Llevaba apenas un kilómetro recorrido cuando una luz se encendió de repente a su izquierda. “Mierda”. Su corazón se aceleró y saltó rápidamente tras un árbol para evitar ser visto. Se quedó quieto, esperando si alguien venía de donde la luz se había encendido. Nada, silencio. Oteó tras el árbol para ver el origen y vio que se había acercado demasiado a una de las casas, haciendo saltar una luz con detector de movimiento. Suerte que ningún perro andaba cerca para delatar su presencia.
Con la respiración más relajada siguió avanzando. A pesar de que habían árboles entre esa casa y la autopista la franja de vegetación se había estrechado considerablemente y la luz podía haber alertado a algún conductor. No pensaba esperar para comprobarlo. Alargó sus pasos, confiado por el hecho de que tras media hora no había oído a nadie tras él. O aquellos tipos aún seguían buscándole por el motel o estarían llamando a algunos refuerzos para iniciar su búsqueda por los alrededores. Confió en lo primero y deseó poder poner cuanta tierra de por medio le fuera posible.
La arboleda se esfumaba. Frente a él una carretera se dirigía hacia el norte por debajo de la autopista. Nadie en ambas direcciones hasta donde alcanzaba la vista. Siguió avanzando bajo el puente respirando profundamente, saboreando el frío aire de octubre de Tennessee. El chirriar de unos neumáticos a sus espaldas le advirtió que debía dejar de disfrutar de la nada tranquila noche y empezar a correr como si su vida fuera en ello. Sabía que su vida iba en ello.
Cien metros más adelante un camino de tierra se adentraba hacia el bosque que quedaba a su derecha. Tras él, un coche negro derrapaba a la entrada del camino levantando una nube de polvo a su paso. Refuerzos. “Imbécil”, pensó, “nunca van en un solo coche, gilipollas”. El camino acababa en una antena de telecomunicaciones por lo que Bruno cambió de dirección hacia los árboles. “No se van a ir nunca”, se decía a sí mismo mientras corría tanto como la adrenalina le permitía, “esto nunca acabará”. El coche frenó bruscamente. El sonido de dos puertas cerrándose simultáneamente a continuación le hizo plantearse sus posibilidades. Nulas.
Por lo menos el seguía llevando sus deportivas. Los matones que le seguían debían ser tipos trajeados. Era rápido, pero estaba demasiado cansado para batir sus mejores marcas. Y ellos estaban armados. El primer disparo impactó en un tronco a medio metro de él, haciendo saltar astillas hacia su cara. Cuatro disparos más. No iban a desperdiciar balas, sólo eran advertencias. De nada servía seguir corriendo, estaba perdido. A doscientos metros delante de él el bosque se acababa y más allá se levantaba un instituto de secundaria. Demasiado despejado para seguir corriendo en esa dirección. Se detuvo tras un árbol y paró a escuchar. Nadie más corría.
-Sabes que no vamos a hacerte daño, bro. Él te quiere vivo.
En otra situación hubiera sido un alivio escuchar a alguien hablarle en su castellano natal, pero el acento caribeño no le tranquilizaba en absoluto.
-Te quiere vivo pero no dijo nada de si te quería entero o no.
“Hijo de puta”. Sabía de quién era esa voz y sintió una extraña sensacion de orgullo al ver que el mismísimo lugarteniente del mayor narco de Florida había venido a cazarlo. Todo un honor.
-Así que va usted a quedarse quietecito y permitirme que lo atrape sin desperdiciar más balas, ¿ok?
Oía pasos cerca. Poco discretos, eran dos. Uno de ellos parecía alejarse de él mientras que las otras pisadas se iban acercando. No sabían dónde estaba y buscaban a ciegas. Las posibilidades parecían aumentar a muy escasas. Cogió una piedra de tamaño considerable y se preparó. Calculó el momento exacto. Tres, dos, uno...
-¡Hijo de puta!- gritó al estamparle la piedra con todas sus fuerzas en la cabeza al que tenía más cerca.
El arma que llevaba el matón en la mano se disparó. El fogonazo alertó a su compañero que comenzó a correr hacia ellos. La pedrada hizo caer al matón al suelo de inmediato. Bruno se agachó a coger la pistola rápidamente y salió corriendo hacia el coche. Más disparos, ninguno certero. Doscientos metros le separaban del coche, los doscientos metros más largos de su vida. De repente no habían más disparos. ¿Habrá vaciado el cargador?”, pensó sin detenerse. No era tiempo para averiguarlo.
El coche estaba apenas a diez metros de él cuando su perseguidor logró alcanzarle y lanzarlo al suelo. “Mierda, mierda, mierda”. Estaba atenazado. Sabía que no iban a matarlo, pero no pensaba volver a Miami, nunca. Cogió la pistola con fuerza y disparó.
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