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viernes, 26 de mayo de 2017

26/05/2017

- No te puedes imaginar la cantidad de veces que me he aprovechado de chicas como tú.

Laura seguía en estado de shock. El tipo que la había apuntado con un revólver hacía menos de 15 minutos, ahora estaba confesándose entre lágrimas. "Completamente loco; me va a matar", pensaba Laura mientras se secaba las lágrimas que aún corrían por sus mejillas.

- ¿Qué quieres decir con eso?- le preguntó Laura una vez comenzaba a recuperarse del shock. Además podía ser un violador - ¿Aprovecharte?

- No, no, no, tranquila, no pienses mal. Nunca he hecho nada sin el permiso de una mujer. Lo mío era mucho peor. - Bruno miraba al infinito a través de la ventanilla. No se atrevía a mirar a Laura a la cara. - Yo me aprovechaba de sus sueños y esperanzas para que luego otros hicieran de ellas lo que quisieran. Y me desentendía de lo que les pasara. Eso es muchísimo peor.

Laura se sentía desconcertada. ¿A qué se refería con ese comentario? ¿Qué clase de persona podía estar tan desesperada como para confesarle esas cosas a una completa desconocida a la que se acababa de llevar a punta de pistola de una cafetería? Su cabeza era un hervidero de miedos y sinsentidos. No podía articular palabra alguna. Ese tipo en el asiento de copiloto, con aspecto desaliñado, el mismo que se había deshecho de su arma hacía unos kilómetros y que parecía no tener un plan, excepto ir hacia el norte. "¿Por qué hacia el norte?" pensó en voz alta.

- Allí podré desaparecer. - Contestó Bruno. - En mitad de ninguna parte no me buscarán.

- ¿Quién te busca? ¿La policía? - Siguió preguntando Laura.

- No, la policía no. Bueno, algunos sí me buscan, pero esos trabajan para Julio. El problema es que están muy bien conectados y en cuanto alguno me trincara sería hombre muerto. - Bruno parecía más calmado ahora. - Probablemente no llegaría a pisar la comisaría. Además, a Julio no le importa untar a un par de agentes más para conseguir lo que quiere.

- ¿Quién es ese tal Julio? - preguntó curiosa Laura-

- Alguien en quien cometí el error de confiar hace un par de años - contestó Bruno -, con contactos que ni te imaginas. Tan poderoso que tiene en nómina incluso gobernadores y algún presidente de algún país bastante desarrollado. Y encima tiene tiempo para llevar todo el negocio de coca en la costa este. Pero sigue siendo un desconocido para el resto del planeta. Ni siquiera sé si Julio es su nombre real. Así es como se presentó aquel día al menos...

- ¿Qué día? - Preguntó Laura.

Bruno tragó saliva, vergüenza y orgullo a partes iguales. A pesar de todo, seguía sintiéndose absolutamente culpable por todo su pasado. Todo lo que había dejado atrás, todo lo que había perdido y todo lo que había asegurado no tener importancia para él. Todo eso le pesaba demasiado, aunque siguiera a orillas del Mediterráneo, donde lo dejó. El hecho de reconocer sus errores le seguía atormentando. Miró hacia sus pies totalmente avergonzado.

- El día que entró a mi sala de chat. Bueno, a mi sala webcam.

- ¿Webcam? ¿Videochat? - Laura estaba alucinando - ¿De qué clase de webcam hablas?

- ¿Tan inocente eres? - Se sonrió Bruno mientras seguía mirando sus pies, con su tobillo dolorido por la noche anterior- De esos en los que acabas desnudo y haciendo lo que los espectadores te piden por dinero.

Laura se quedó mirándolo totalmente boquiabierta.

- Sí, guapa, era actor porno...

domingo, 8 de julio de 2012

08/07/2012

El rostro de Laura se transformó. Una mezcla de miedo, rabia e incredulidad cruzaban su gesto, pero no dijo nada. ¿Y si aquel chiflado disparaba allí en medio y provocaba una masacre?

Bruno sólo quería huir. Uno de los polis estaba observando el interior del local, mientras el otro hablaba por radio; seguramente estaría consultando la matrícula. No tardarían demasiado en descubrir de quién era ese coche y para ellos significaría el caso más interesante en la historia de Corbin, Kentucky. El coche estaba a mitad de camino entre las dos puertas del local.

-No voy a hacerte daño, sólo necesito tu ayuda - Laura no abrió la boca, estaba totalmente paralizada por el miedo -. Sólo necesito que vayamos hasta tu coche sin levantar sospechas.

-¿Va a matarme? - preguntó Laura ahogando las lágrimas que luchaban por brotar.
-No pienso hacerlo, pero no quiero acabar desapareciendo del mapa en este pueblo. Aún me queda mucho por hacer.

Mientras su compañero se quedaba vigilando el coche, el otro agente entró a la cafetería y se dirigió a la barra observando a toda la clientela con calma. Le preguntó algo a la camarera y ésta con un gesto señaló la mesa donde se sentaban Bruno y Laura, pero ellos ya no estaban allí. Sólo quedaban veinte dólares encima de la mesa para pagar el desayuno.

El viejo Golf de la chica arrancó sin que nadie en el aparcamiento se diera cuenta, y partió en dirección a la autopista.

-Ve hacia el norte – dijo Bruno sentado en el asiento de copiloto.

Bruno acercó su mano a la de Laura en la palanca del cambio de marchas tratando de calmarla, pero ella la apartó de un manotazo.

-Va a matarme... - afirmaba Laura entre sollozos.

-No, pero como no dejes de llorar nos mataremos los dos.

Bruno cogió la pistola, sacó el cargador, lo limpió todo con su camiseta y lo tiró por la ventana en mitad de la autopista.

-¿Te calmarás ahora?

Ella no supo cómo reaccionar. Parecía tan frío y en cambio tiraba a la cuneta su único seguro de vida. Debía tener un plan.

-¿Qué va a hacer conmigo? - preguntó algo más calmada.

-No lo sé. Primero tengo que averiguar qué voy a hacer conmigo mismo.

Laura estaba cada vez más sorprendida con aquel tipo. ¿Estaba completamente loco acaso?

-¿Está huyendo de la poli? - preguntó para poder resolver las dudas que crecían en su interior.

-No... bueno, sí... no sé – Bruno no sabía qué decir -. En realidad no huyo de la poli, pero si ellos me atrapan no tendré muchas posibilidades...

-¿Y de dónde sacó la pistola?

-De un tipo, anoche, al que dejé inconsciente de una pedrada...

Laura cada vez estaba más convencida de que estaba totalmente loco.

-¿Has estado alguna vez en Miami? - preguntó Bruno sin esperar respuesta -. No es tan bonita como la pintan en la televisión. Como Barcelona es más oscura de lo que la gente piensa. En realidad este mundo es una puta mierda enorme llena de hijos de puta.

Bruno rompió a llorar, delante de Laura. “He matado a dos tíos y acabo de secuestrar a una chica. ¿En que coño me he convertido?” empezó a decir Bruno en castellano entre lágrimas. Laura no podía entender ni una palabra de lo que decía, pero ya tenía la prueba clara de que él estaba como una puta cabra.

sábado, 7 de julio de 2012

07/07/2012

Bruno retomó su plan de huida mientras desayunaba como hacía tiempo que no lo hacía: un café, un par de tostadas, bacon, huevos, zumo, tortitas... ni en casa de Julio había comido nunca así, y no era por falta de medios. Estaba contento. Había comenzado a sonreír por primera vez en varias semanas. Quizás porque por fin podía tomarse el tiempo para comer tranquilamente algo que no saliera directamente de un envoltorio de plástico; los hombres de Julio debían estar muy lejos aún para poder localizarle y tendría algo de ventaja por el momento. Quizás como respuesta a la reacción de la recepcionista, y es que hacía tiempo que creía perdido ese encanto suyo. Quizás simplemente se debía al pequeño descubrimiento que había hecho en el maletero del coche justo antes de entrar a la cafetería: al parecer los hombres de Julio venían de hacer un cobro justo antes de encontrarse con ellos y lo habían dejado sin más en el maletero. Y ahora él tenía en sus bolsillos unos diez mil dólares en joyas. Eso le daría para algunas comidas más, una vez pudiera empeñarlas. Y quizás algo de ropa nueva.

Pero primero debía seguir su camino hacia el norte. En Canadá podía tener alguna oportunidad para desvanecerse y, quizás, en un par de años, poder volver a casa. Pero aún quedaba mucho camino por recorrer y cruzar lo frontera no iba a ser nada fácil y menos sin una tarjeta de residencia. Quizás ahora podría comprar algunos papeles falsos...

-Disculpe señor.

Bruno levantó la cabeza con la boca llena de zumo y tortitas a partes iguales. La chica del motel estaba frente a él de pie.

-Perdone que le moleste, es muy vergonzoso para mí, pero cuando ha salido del motel no ha pagado y me jefe quiere que consiga ese dinero cómo sea...

-No te preocupes – la tranquilizó Bruno mientras tragaba el contenido de su boca con prisa -, te lo daré enseguida. Pero primero podrías sentarte y acompañarme. ¿Te apetece algo?

Ella estaba nerviosa. No se atrevía a mirarle a la cara.

-No pasa nada, ha sido sólo un despiste, le puede pasar a cualquiera – dijo él mientras le tomaba la mano -. Siéntate un momento y lo solucionaremos en seguida, pero primero deja que te invite a almorzar.

-Es usted muy amable, pero debería volver al trabajo.

-Demasiado sentido del deber. Serán sólo cinco minutos. Vamos, quédate.

El gesto de tocar su mano había hecho que ella bajara la guardia y se sentara frente a él sin oponer mucha resistencia. Aún se sentía avergonzada, con las manos recogidas en su regazo por debajo de la mesa.

-No debería quedarme mucho o mi jefe me despedirá.

-Puedes decirle que te ha costado encontrarme un poco más de lo esperado. Lo entenderá. ¿Cómo te llamas?

-Laura.

-Bonito nombre. ¿Edad?

-Veintiún años.

-Eres bastante joven – Bruno cada vez se sentía más cómodo en su papel de seductor -. ¿Y qué haces trabajando en ese motelucho?

-Quiero volver a la universidad, así que necesito dinero.

En su interior Bruno se sobresaltó. La historia le resultaba demasiado familiar, se había aprovechado de esa situación tantas veces antes, en Barcelona, siempre de forma tan mecánica y fría, que ahora se veía a sí mismo como un despojo sin sentimientos, intentando aprovecharse de otra jovencita inocente. Si había decidido huir era, entre otras cosas, por eso.

-¿Y qué hace usted aquí, en mitad de ninguna parte, tan lejos de España? - preguntó curiosa.

“Eso quisiera saber yo”, se dijo a sí mismo. Debía huir, pero, en cuanto una chica se le acercaba, perdía de vista su objetivo.

-Turismo – dijo de forma seca -. Me encanta viajar y conocer mundo.

-Corbin no aparece en demasiados mapas, la verdad – dijo ella riéndose.

Su risa era deliciosa y tímida. Pero Bruno no pudo reírse con ella. En el aparcamiento, de un coche patrulla acababan de bajar dos policias que estaban mirando el interior del coche con el que pensaba continuar su huida. “Mierda, la sangre”. El asiento del acompañante debía estar totalmente manchado de sangre de la noche anterior y no se había molestado en taparla.

-Laura, ¿cómo has venido hasta aquí?

-Pues en mi coche.

Era una oportunidad de salir de ésta.

-¿Puedo pedirte un gran favor, Laura? - le preguntó mientras puso su mejor cara de chico bueno.

-Por supuesto – respondió ella sin dudarlo ni un segundo.

-No grites.

-¿Por qué iba a hacerlo? - preguntó intrigada.

- Porque te estoy apuntando con un arma y no quiero tener que hacerte daño.

viernes, 6 de julio de 2012

06/07/2012

Bruno se despertó sobresaltado. Una pareja estaba voceando en el aparcamiento del motel. Ella le recriminaba que no tuviera el valor para dejar a su esposa y él se defendía diciendo que no podía, al menos mientras su hijo fuera pequeño. Ella empezó a llorar y a decir que en realidad no la quería. Melodramático. Bruno se acercó a la ventana curioso por aquella escena tan típica de película. Ya era de día.”¡Mierda! ¿Qué hora es?”. Las diez menos cuarto. “¡Puta alarma!”. Se dio una ducha rápida, recogió sus cosas y salió de la habitación.

Se sentía mejor que la noche anterior. No había dormido demasiado, pero lo suficiente para que su organismo pudiera tomarse un descanso. El tobillo había estado mejor otras veces, pero no parecía que estuviera mal, algo entumecido, pero perfectamente móvil, aunque no pensaba ponerlo a prueba corriendo una maratón. Se acercó a recepción a dejar la llave y pagar. El individuo de la noche anterior había dejado su puesto a una jovencita risueña y agradable.

-¿Cómo ha pasado la noche, señor?

-Muy bien gracias. Disculpe, ¿qué día es hoy? - preguntó Bruno.

-Sábado, señor. ¿Por qué lo pregunta?

Llevaba tanto tiempo huyendo que había olvidado llevar la cuenta de los días.

-Por nada, sólo tenía la impresión de haber dormido semanas. ¿Podría indicarme algún lugar para desayunar?

-Claro que sí, señor. Al otro lado de la autopista hay un par de restaurantes de tortitas - Cada respuesta venía acompañada de una ligera sonrisa que le hacía sentir reconfortado -, vaya a aquél dónde vea más camiones aparcados delante; ya se sabe que los camioneros nunca se equivocan al elegir dónde comer.

-Algo parecido decimos allí de donde vengo.

-¿Y de dónde viene? Si me permite la pregunta, claro. Es que he podido notar que su acento no es de por aquí.

Risueña, agradable, curiosa y observadora. Y bastante guapa.

-De muy lejos. Del otro lado del Atlántico. De España para ser más concretos. ¿Conoces España? - Un tono de melancolía brotaba con las palabras de Bruno.

-Nunca he estado, pero me encantaría conocer Barcelona - respondió ilusionada la recepcionista -. ¿Ha estado en Barcelona alguna vez? ¿Cómo es?

“Si conocieras la Barcelona que yo he llegado a conocer no estarías tan encantada”, se dijo a sí mismo.

-He estado por allí algún tiempo, pero no demasiado. En realidad yo vengo de más al sur, pero también junto al Mediterráneo, lleno de palmeras y siempre con buen clima.

-Seguro que es un lugar precioso - respondió ella -, me encantaría poder visitarlo también algún día.

“A mí también me gustaría volver algún día”, pensó Bruno. La joven estaba encantada: un cliente del otro lado del charco allí, en un motel cutre de un minúsculo pueblo en mitad de la nada. Y bastante atractivo, aunque quizás demasiado delgado para su gusto. Era la persona más increíble que había conocido jamás.

-Debo marcharme - dijo Bruno -, he de comer algo.

-Claro, señor- dijo la joven con un brillo especial en los ojos -. Encantada de haberle conocido.

No había perdido esa chispa que le hacía tan encantador, ni siquiera después de todo por lo que había pasado. Claro, que ahora se preguntaba si esa misma chispa no era la causante de que ahora estuviera huyendo.

Salió de la recepción del motel y se fue al coche. Buscó la llave en los bolsillos del pantalón. “Vaya, creó que me he ido sin pagar”, se dijo al notar en uno de los bolsillos todo el dinero que había tomado prestado la noche anterior de uno de sus perseguidores. La recepcionista se había quedado tan alucinada con él que se le había olvidado pedirle el dinero.

Entró al coche y arrancó. Al menos así podría comer también más adelante.

martes, 26 de junio de 2012

26/06/2012

Bruno abrió los ojos rápidamente y dio un volantazo. El sonido de los neumáticos al pisar las bandas sonoras de la cuneta le arrancaron del fugaz sueño en el que había caído. La adrenalina ya había dejado espacio al cansancio. Llevaba una hora conduciendo desde el baño en el gélido lago. Muy a su pesar, no le había despejado lo más mínimo. Más bien al contrario.

Los carteles de la autopista le indicaban una salida a unos cinco kilómetros. Corbin, Kentucky. Ni siquiera se había dado cuenta de que había cambiado de estado. Apuró las pocas fuerzas que le quedaban para llegar al pueblo y poder descansar un poco.

A la entrada del pueblo encontró un motel. Aparcó detrás y fue a la recepción cojeando. Sólo pasó un pensamiento por su mente: deprimente. Pero al menos podría dormir algunas horas. El tipo de la recepción no mejoraba en absoluto el ambiente reinante.

-¿Cuánto por una noche?- preguntó Bruno.
-Son 30 dólares. La mitad por adelantado.

“Menudo robo, pero pagan los hombres de Julio”. Sacó el dinero y el recepcionista le dio una llave.

-¿Tiene hielo?- el tobillo se le iba hinchando por momentos.

El recepcionista hizo un leve gesto con la cabeza apuntando a una máquina al otro lado del vestíbulo.

-¿Tiene cambio?- dijo Bruno mientras dejaba un billete de diez dólares en el mostrador.

El tipo dejó unas cuantas monedas frente a él y Bruno se detuvo un instante a contarlas.

-¡No falta nada!- le espetó el recepcionista.
-Lo sé, pero no me sobra el dinero.

Se acercó a la máquina , puso todo el hielo que pudo en una bolsa y salió de la recepción del motel buscando su habitación.

Cuando llegó frente a su puerta se detuvo unos segundos. Esperaba oír un frenazo, un portazo, algo. Nada, sólo el rumor lejano de algún camión por la autopista. Abrió la puerta de la habitación y sus sensaciones cambiaron de deprimentes a absolutamente nauseabundas cuando un par de cucarachas pusieron patas en polvorosa al abrirse la puerta. “He dormido en sitios peores”, se dijo a sí mismo.

Dejó su mochila en una silla junto a la puerta y fue al baño. Se miró en el espejo durante un par de minutos, con la mente en blanco. Era la sombra del que había sido meses atrás: la cara demacrada, por los kilos perdidos, con barba tras varias semanas sin poder afeitarse; los ojos hundidos y sin brillo; la piel reseca y pálida. Ni su madre podría reconocerlo ahora, aunque seguramente tampoco tendría ganas de verlo.

Se desnudó y se metió en la ducha. Agua caliente, aunque fuera por sólo unos minutos. Cogió la cuchilla de afeitar que aún guardaba en su mochila y un poco de jabón. Al menos no seguiría pareciendo un vagabundo. No demasiado.

Cuando acabó tenía mejor aspecto o, al menos, anímicamente se encontraba algo mejor. Miró el reloj, las cuatro y cuarto. Podría dormir unas cuatro o cinco horas, todo un lujo para él tras los últimos días. Puso la alarma a las nueve, no quería perder toda la ventaja ganada. Levantó las sábanas de la cama liberando un horrible olor a moho. “He dormido en sitios peores” se repitió.

Machacó ligeramente el hielo y lo colocó sobre su maltrecho tobillo. El frío le hizo reaccionar enseguida. Sacó la camiseta ensangrentada de la mochila y la enrolló alrededor de su pie, para que el hielo fuera haciendo efecto durante la noche. Se metió en la cama trazando su plan de huida, pero cayó en los brazos de Morfeo de inmediato con una dirección fija en su mente: hacia el norte.

Siempre hacia el norte.

viernes, 25 de mayo de 2012

25/05/2012

La bala impactó en un tronco cercano. Apretó el gatillo con fuerza una segunda vez. No sonó ningún impacto, sólo un leve bufido. Un tercer disparo. Algo húmedo salpicó la cara de Bruno. Sin tiempo a reaccionar, un cuerpo cayó sobre sus piernas impidiéndole moverse. Estaba agotado, quería que todo acabara ya, pero no podía quedarse quieto. Mover un cuerpo de dos metros de altura en peso muerto no resultó tarea fácil. Deslizó una pierna bajo el cadáver y se ayudó de ella para apartarlo. Se levantó rápidamente y notó un pequeño chasquido. Mañana le iba a doler el tobillo. Seguro.

Los disparos debían haber advertido a alguien y no tenía la intención de descubrirlo. Se agachó sobre el cadáver de su perseguidor y rebuscó entre los bolsillos. “Está noche pondré kilómetros de por medio”, se dijo mientras cogía las llaves del coche y la cartera. Apenas 50 dólares en efectivo, pero al menos podría desayunar la mañana siguiente. Volvió hacia la antena de comunicaciones y se metió en el coche. Rebuscó por la guantera en busca de algo que llevarse a la boca, pero sólo encontró algunos cargadores, un par de botellas de agua y unas cuantas bolsitas con coca. “A Julio no le debe hacer ninguna gracia que sus chicos anden jugando con esta mierda”, pensó al ver la coca. Cogió una botella y dejó la pistola.

Fue a abrir la mochila en busca del mapa. Hasta ese momento no se había percatado de la cantidad de sangre que llevaba en las manos. Sabía que suya no era, así que debía haberse manchado cuando le estrelló la piedra en la cabeza al tipo de antes. La pasó por el asiento del copiloto con la esperanza de que algo de sangre desapareciera de su mano. Volvió a coger el mapa buscando una ruta. Interestatal 75. Podía llevarle suficientemente lejos por el momento. Y hacia el norte.

Arrancó el coche y rodeó la ciudad buscando la autopista. Tendría gasolina para unos doscientos kilómetros o más, pero no sabía si tendría las fuerzas para dos horas seguidas conduciendo sin caer rendido de sueño. Se concentró en la carretera esperando aguantar tanto tiempo como fuera posible.

Llevaba media hora al volante y no podía más. En la autopista sólo algunos camiones le acompañaban a estas horas de la madrugada. Necesitaba despejarse, respirar. A su derecha apareció un pequeño pueblo a la entrada del cual le pareció divisar un pequeño lago. Al menos podría limpiarse un poco, ya que su aspecto estaba totalmente descuidado. La persecución le había dejado lleno de sangre, barro y sudor. En cuanto se cruzara con cualquiera iba a levantar sospechas.

Salió de la autopista en la siguiente salida. Dejó el coche aparcado en la cuneta y cogió la mochila para acercarse al lago. “Esto es una puta locura”, pensaba mientras se desnudaba, “no hay más de diez grados y te vas a meter en el agua”. Se zambulló por unos segundos y salió de nuevo frotándose con intensidad, pera entrar en calor y hacer que los restos de sangre se fueran. Salió del agua y tomó un toalla de su mochila. Se secó, se puso unos vaqueros y una camisa a medio usar y volvió al coche. No era ropa limpia pero se lo parecía.

Entró al coche y volvió a arrancar. Encendió la calefacción para que su cuerpo recuperara una temperatura normal y volvió a la autopista. ¿En qué se había convertido? Acababa de aplastarle la cabeza a un tío y dispararle a otro y ni se había inmutado. La cabeza le daba vueltas entre mil pensamientos, mientras intentaba concentrarse en la autopista que tenía ante él. “Joder...”. Comenzó a llorar, un llanto sordo y apagado, como siempre había hecho. Nunca había querido llorar ante nadie, ni siquiera ante sí mismo. Demasiado orgulloso para reconocer que su mundo estaba desmoronándose, que no podía echar marcha atrás. Sólo podía seguir huyendo, sin nadie que pudiese ayudarle, al menos no aquí. Quizá en el norte.

23/05/2012

Bruno salió del motel buscando la oscuridad de las afueras de la ciudad. A estas horas de la madrugada debía seguir lejos de la civilización y llamar la atención lo menos posible. Si la policía lo encontraba estaba perdido; no temía acabar entre rejas, temía no llegar a entrar si lo encontraban. Decidió salir por la parte de atrás y adentrarse en la arboleda que se extendía junto a la autopista.

No podía esperar a que los dos tipos del motel descubrieran que ya no estaba allí. Cogió de la bolsa del portátil el mapa que había conseguido en la recepción del motel esa misma tarde y decidió escoger un lugar por dónde poder seguir huyendo. Hacia el norte, siempre hacia el norte; la arboleda se extendía en esa dirección, por lo que, durante algunos kilómetros estaría resguardado de posibles observadores. Volvió a guardar el mapa y comenzó a caminar, cansado después de varios días sin poder dormir más de treinta minutos seguidos.

Caminaba sigiloso, esperando oir tras cada uno de sus pasos algún ruido que le hiciera saber si le estaban siguiendo. Cada pocos metros se escondía tras el tronco de un árbol para ajustar el oído y calmar la respiración. Nada a sus espaldas, ni siquiera un maldito búho. Llevaba apenas un kilómetro recorrido cuando una luz se encendió de repente a su izquierda. “Mierda”. Su corazón se aceleró y saltó rápidamente tras un árbol para evitar ser visto. Se quedó quieto, esperando si alguien venía de donde la luz se había encendido. Nada, silencio. Oteó tras el árbol para ver el origen y vio que se había acercado demasiado a una de las casas, haciendo saltar una luz con detector de movimiento. Suerte que ningún perro andaba cerca para delatar su presencia.

Con la respiración más relajada siguió avanzando. A pesar de que habían árboles entre esa casa y la autopista la franja de vegetación se había estrechado considerablemente y la luz podía haber alertado a algún conductor. No pensaba esperar para comprobarlo. Alargó sus pasos, confiado por el hecho de que tras media hora no había oído a nadie tras él. O aquellos tipos aún seguían buscándole por el motel o estarían llamando a algunos refuerzos para iniciar su búsqueda por los alrededores. Confió en lo primero y deseó poder poner cuanta tierra de por medio le fuera posible.

La arboleda se esfumaba. Frente a él una carretera se dirigía hacia el norte por debajo de la autopista. Nadie en ambas direcciones hasta donde alcanzaba la vista. Siguió avanzando bajo el puente respirando profundamente, saboreando el frío aire de octubre de Tennessee. El chirriar de unos neumáticos a sus espaldas le advirtió que debía dejar de disfrutar de la nada tranquila noche y empezar a correr como si su vida fuera en ello. Sabía que su vida iba en ello.

Cien metros más adelante un camino de tierra se adentraba hacia el bosque que quedaba a su derecha. Tras él, un coche negro derrapaba a la entrada del camino levantando una nube de polvo a su paso. Refuerzos. “Imbécil”, pensó, “nunca van en un solo coche, gilipollas”. El camino acababa en una antena de telecomunicaciones por lo que Bruno cambió de dirección hacia los árboles. “No se van a ir nunca”, se decía a sí mismo mientras corría tanto como la adrenalina le permitía, “esto nunca acabará”. El coche frenó bruscamente. El sonido de dos puertas cerrándose simultáneamente a continuación le hizo plantearse sus posibilidades. Nulas.

Por lo menos el seguía llevando sus deportivas. Los matones que le seguían debían ser tipos trajeados. Era rápido, pero estaba demasiado cansado para batir sus mejores marcas. Y ellos estaban armados. El primer disparo impactó en un tronco a medio metro de él, haciendo saltar astillas hacia su cara. Cuatro disparos más. No iban a desperdiciar balas, sólo eran advertencias. De nada servía seguir corriendo, estaba perdido. A doscientos metros delante de él el bosque se acababa y más allá se levantaba un instituto de secundaria. Demasiado despejado para seguir corriendo en esa dirección. Se detuvo tras un árbol y paró a escuchar. Nadie más corría.

-Sabes que no vamos a hacerte daño, bro. Él te quiere vivo.

En otra situación hubiera sido un alivio escuchar a alguien hablarle en su castellano natal, pero el acento caribeño no le tranquilizaba en absoluto.

-Te quiere vivo pero no dijo nada de si te quería entero o no.

“Hijo de puta”. Sabía de quién era esa voz y sintió una extraña sensacion de orgullo al ver que el mismísimo lugarteniente del mayor narco de Florida había venido a cazarlo. Todo un honor.

-Así que va usted a quedarse quietecito y permitirme que lo atrape sin desperdiciar más balas, ¿ok?

Oía pasos cerca. Poco discretos, eran dos. Uno de ellos parecía alejarse de él mientras que las otras pisadas se iban acercando. No sabían dónde estaba y buscaban a ciegas. Las posibilidades parecían aumentar a muy escasas. Cogió una piedra de tamaño considerable y se preparó. Calculó el momento exacto. Tres, dos, uno...

-¡Hijo de puta!- gritó al estamparle la piedra con todas sus fuerzas en la cabeza al que tenía más cerca.

El arma que llevaba el matón en la mano se disparó. El fogonazo alertó a su compañero que comenzó a correr hacia ellos. La pedrada hizo caer al matón al suelo de inmediato. Bruno se agachó a coger la pistola rápidamente y salió corriendo hacia el coche. Más disparos, ninguno certero. Doscientos metros le separaban del coche, los doscientos metros más largos de su vida. De repente no habían más disparos. ¿Habrá vaciado el cargador?”, pensó sin detenerse. No era tiempo para averiguarlo.

El coche estaba apenas a diez metros de él cuando su perseguidor logró alcanzarle y lanzarlo al suelo. “Mierda, mierda, mierda”. Estaba atenazado. Sabía que no iban a matarlo, pero no pensaba volver a Miami, nunca. Cogió la pistola con fuerza y disparó.

lunes, 14 de mayo de 2012

14/05/2012

Conectando...

El icono circular iba girando a velocidad constante en la ventana recién abierta. Sus ojos se dirigían hacia la luz de la cámara, para verificar que estaba operativa. En menos de diez segundos la ventana lanzó un mensaje: “¿Cuál es tu estado?”. “Harto”, pensó para sí mismo, pero decidió dejar el mismo mensaje que había dejado siempre, el mismo que le había llevado hasta donde se encontraba, en una habitación cutre de un motel a las afueras de Knoxville. Demasiado lejos de casa.

Escribió en el lugar ofrecido para ello “Un tío normal”, en castellano e inglés, pulsó sobre el botón de “Transmitir” y se dijo a sí mismo que esta sería la última vez. Una vez más iba a ser la última vez, aunque estaba vez estaba seguro. Pasase lo que pasase a partir de ese día iba a dejar de transmitir en directo para todo aquél que quisiera mirar.

Tras varios minutos nadie había entrado aún a la sala de chat. Observó el reloj para calcular quién podía estar despierto a las dos de la madrugada de la Costa Este de Estados Unidos: Europa estaría entrando a trabajar o despertándose, la Costa Oeste empezaría a ir a la cama y Asia la descartaba por completo, ya que no iba a entenderse con nadie; quizás habría alguien en Australia.

Pasaban los minutos y sólo algunos usuarios sin registrar se conectaban y desconectaban sin cesar. “Malditos pajilleros”, pensaba, “¡necesito hablar con alguien, hostia!”. Cada pocos minutos recargaba la página, para intentar ser visto entre las primeras cámaras que comenzaban a emitir, el mismo ritual que seguía cuando quería tener audiencia las primeras veces que emitió. Aunque esta vez buscaba un fin diferente: simplemente quería alguien con quien poder hablar, necesitaba alguien con quien hablar.

Tras cinco recargas nadie daba señales de querer tener una conversación. Tecleó lo mismo que otras veces para intentar llamar la atención de algún invitado tímido: “Hola? / Hi?”. Silencio de chat. Llevaba demasiado tiempo conectado y nadie quería hablar. Estaba jugando con fuego. A estas alturas su IP ya habría sido identificada y rastreada. El sonido del motor que se acababa de apagar en el aparcamiento del motel así se lo confirmaba. Se acercó a la ventana de la habitación y pudo ver un par de siluetas oscuras bajar de un sedán. Podría ser simplemente una pareja de tortolitos buscando pasar el calentón, pero no iba a arriesgarse a descubrirlo. Cogió el portátil y la mochila sin deshacer y salió lentamente de la habitación para no llamar la atención. Los dos tipos del coche andaban en el piso de arriba trasteando con un móvil. “Al final no iban a ser parejita”, se dijo y se fijó en la matricula del coche, “Florida, mierda”. Mientras los dos tipos seguían revisando las habitaciones arriba, Bruno sacó su navaja, rajó las ruedas del coche y rezó para que eso les mantuviera entretenidos el tiempo suficiente para poder alejarse unos cuantos kilómetros de allí.

A fin de cuentas esa ya no sería la última vez que iba a conectarse...

martes, 8 de mayo de 2012

Bienvenidos

Esto es algo que, quizás, ya está demasiado visto en la Blogosfera. Este proyecto lleva gestándose en mi cabeza más de dos años y empieza a ser el momento de que empiece a dejar fluir todo lo que hasta ahora ha ido simplemente acumulándose sin más. La idea fundamental es aprovechar las tardes para poder ir escribiendo esbozos que cada cierto tiempo y con una frecuencia aún indeterminada se irán publicando en este blog. Me gustaría que fuera cada una o dos semanas, pero no puedo prometer nada.

¿Por qué publicarlo vía web? Porque así todo aquél que vaya leyendo la historia podrá opinar sobre ella, cosa que me parece fundamental. Es mi primera gran aventura de estas características, aunque ya haya escrito en otro blog (hoy abandonado aunque siempre deseando volver a retomarlo).

¿Sobre qué trata la historia? La idea es plantear un relato de intriga, no voy a desvelar más, porque ni yo sé cómo va a evolucionar aún, moviéndose en un terreno quizás demasiado visitado por otros autores. No tengo ninguna pretensión en absoluto, simplemente hacer algo que le interese a alguien. Bueno, eso ya es una pretensión...

¿Se aceptan toda clase de críticas? Por supuesto, pero no vayáis a hacer sangre que a algunos os conozco. Quiero que intentéis avisarme de cualquier error que podáis detectar en cuanto a cronología, lógica y demás. Estaré encantado de poder corregir todo lo que se pueda si es necesario.

¿Cuándo comenzará a publicarse la historia? Si todo va según lo previsto y no me pongo más perro de lo habitual, para el viernes 18 de mayo.

Con todo esto, espero que os guste y que lo sigáis.

Gracias a todos.