La bala impactó en un tronco cercano. Apretó el gatillo con fuerza una segunda vez. No sonó ningún impacto, sólo un leve bufido. Un tercer disparo. Algo húmedo salpicó la cara de Bruno. Sin tiempo a reaccionar, un cuerpo cayó sobre sus piernas impidiéndole moverse. Estaba agotado, quería que todo acabara ya, pero no podía quedarse quieto. Mover un cuerpo de dos metros de altura en peso muerto no resultó tarea fácil. Deslizó una pierna bajo el cadáver y se ayudó de ella para apartarlo. Se levantó rápidamente y notó un pequeño chasquido. Mañana le iba a doler el tobillo. Seguro.
Los disparos debían haber advertido a alguien y no tenía la intención de descubrirlo. Se agachó sobre el cadáver de su perseguidor y rebuscó entre los bolsillos. “Está noche pondré kilómetros de por medio”, se dijo mientras cogía las llaves del coche y la cartera. Apenas 50 dólares en efectivo, pero al menos podría desayunar la mañana siguiente. Volvió hacia la antena de comunicaciones y se metió en el coche. Rebuscó por la guantera en busca de algo que llevarse a la boca, pero sólo encontró algunos cargadores, un par de botellas de agua y unas cuantas bolsitas con coca. “A Julio no le debe hacer ninguna gracia que sus chicos anden jugando con esta mierda”, pensó al ver la coca. Cogió una botella y dejó la pistola.
Fue a abrir la mochila en busca del mapa. Hasta ese momento no se había percatado de la cantidad de sangre que llevaba en las manos. Sabía que suya no era, así que debía haberse manchado cuando le estrelló la piedra en la cabeza al tipo de antes. La pasó por el asiento del copiloto con la esperanza de que algo de sangre desapareciera de su mano. Volvió a coger el mapa buscando una ruta. Interestatal 75. Podía llevarle suficientemente lejos por el momento. Y hacia el norte.
Arrancó el coche y rodeó la ciudad buscando la autopista. Tendría gasolina para unos doscientos kilómetros o más, pero no sabía si tendría las fuerzas para dos horas seguidas conduciendo sin caer rendido de sueño. Se concentró en la carretera esperando aguantar tanto tiempo como fuera posible.
Llevaba media hora al volante y no podía más. En la autopista sólo algunos camiones le acompañaban a estas horas de la madrugada. Necesitaba despejarse, respirar. A su derecha apareció un pequeño pueblo a la entrada del cual le pareció divisar un pequeño lago. Al menos podría limpiarse un poco, ya que su aspecto estaba totalmente descuidado. La persecución le había dejado lleno de sangre, barro y sudor. En cuanto se cruzara con cualquiera iba a levantar sospechas.
Salió de la autopista en la siguiente salida. Dejó el coche aparcado en la cuneta y cogió la mochila para acercarse al lago. “Esto es una puta locura”, pensaba mientras se desnudaba, “no hay más de diez grados y te vas a meter en el agua”. Se zambulló por unos segundos y salió de nuevo frotándose con intensidad, pera entrar en calor y hacer que los restos de sangre se fueran. Salió del agua y tomó un toalla de su mochila. Se secó, se puso unos vaqueros y una camisa a medio usar y volvió al coche. No era ropa limpia pero se lo parecía.
Entró al coche y volvió a arrancar. Encendió la calefacción para que su cuerpo recuperara una temperatura normal y volvió a la autopista. ¿En qué se había convertido? Acababa de aplastarle la cabeza a un tío y dispararle a otro y ni se había inmutado. La cabeza le daba vueltas entre mil pensamientos, mientras intentaba concentrarse en la autopista que tenía ante él. “Joder...”. Comenzó a llorar, un llanto sordo y apagado, como siempre había hecho. Nunca había querido llorar ante nadie, ni siquiera ante sí mismo. Demasiado orgulloso para reconocer que su mundo estaba desmoronándose, que no podía echar marcha atrás. Sólo podía seguir huyendo, sin nadie que pudiese ayudarle, al menos no aquí. Quizá en el norte.
Los disparos debían haber advertido a alguien y no tenía la intención de descubrirlo. Se agachó sobre el cadáver de su perseguidor y rebuscó entre los bolsillos. “Está noche pondré kilómetros de por medio”, se dijo mientras cogía las llaves del coche y la cartera. Apenas 50 dólares en efectivo, pero al menos podría desayunar la mañana siguiente. Volvió hacia la antena de comunicaciones y se metió en el coche. Rebuscó por la guantera en busca de algo que llevarse a la boca, pero sólo encontró algunos cargadores, un par de botellas de agua y unas cuantas bolsitas con coca. “A Julio no le debe hacer ninguna gracia que sus chicos anden jugando con esta mierda”, pensó al ver la coca. Cogió una botella y dejó la pistola.
Fue a abrir la mochila en busca del mapa. Hasta ese momento no se había percatado de la cantidad de sangre que llevaba en las manos. Sabía que suya no era, así que debía haberse manchado cuando le estrelló la piedra en la cabeza al tipo de antes. La pasó por el asiento del copiloto con la esperanza de que algo de sangre desapareciera de su mano. Volvió a coger el mapa buscando una ruta. Interestatal 75. Podía llevarle suficientemente lejos por el momento. Y hacia el norte.
Arrancó el coche y rodeó la ciudad buscando la autopista. Tendría gasolina para unos doscientos kilómetros o más, pero no sabía si tendría las fuerzas para dos horas seguidas conduciendo sin caer rendido de sueño. Se concentró en la carretera esperando aguantar tanto tiempo como fuera posible.
Llevaba media hora al volante y no podía más. En la autopista sólo algunos camiones le acompañaban a estas horas de la madrugada. Necesitaba despejarse, respirar. A su derecha apareció un pequeño pueblo a la entrada del cual le pareció divisar un pequeño lago. Al menos podría limpiarse un poco, ya que su aspecto estaba totalmente descuidado. La persecución le había dejado lleno de sangre, barro y sudor. En cuanto se cruzara con cualquiera iba a levantar sospechas.
Salió de la autopista en la siguiente salida. Dejó el coche aparcado en la cuneta y cogió la mochila para acercarse al lago. “Esto es una puta locura”, pensaba mientras se desnudaba, “no hay más de diez grados y te vas a meter en el agua”. Se zambulló por unos segundos y salió de nuevo frotándose con intensidad, pera entrar en calor y hacer que los restos de sangre se fueran. Salió del agua y tomó un toalla de su mochila. Se secó, se puso unos vaqueros y una camisa a medio usar y volvió al coche. No era ropa limpia pero se lo parecía.
Entró al coche y volvió a arrancar. Encendió la calefacción para que su cuerpo recuperara una temperatura normal y volvió a la autopista. ¿En qué se había convertido? Acababa de aplastarle la cabeza a un tío y dispararle a otro y ni se había inmutado. La cabeza le daba vueltas entre mil pensamientos, mientras intentaba concentrarse en la autopista que tenía ante él. “Joder...”. Comenzó a llorar, un llanto sordo y apagado, como siempre había hecho. Nunca había querido llorar ante nadie, ni siquiera ante sí mismo. Demasiado orgulloso para reconocer que su mundo estaba desmoronándose, que no podía echar marcha atrás. Sólo podía seguir huyendo, sin nadie que pudiese ayudarle, al menos no aquí. Quizá en el norte.
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