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viernes, 6 de julio de 2012

06/07/2012

Bruno se despertó sobresaltado. Una pareja estaba voceando en el aparcamiento del motel. Ella le recriminaba que no tuviera el valor para dejar a su esposa y él se defendía diciendo que no podía, al menos mientras su hijo fuera pequeño. Ella empezó a llorar y a decir que en realidad no la quería. Melodramático. Bruno se acercó a la ventana curioso por aquella escena tan típica de película. Ya era de día.”¡Mierda! ¿Qué hora es?”. Las diez menos cuarto. “¡Puta alarma!”. Se dio una ducha rápida, recogió sus cosas y salió de la habitación.

Se sentía mejor que la noche anterior. No había dormido demasiado, pero lo suficiente para que su organismo pudiera tomarse un descanso. El tobillo había estado mejor otras veces, pero no parecía que estuviera mal, algo entumecido, pero perfectamente móvil, aunque no pensaba ponerlo a prueba corriendo una maratón. Se acercó a recepción a dejar la llave y pagar. El individuo de la noche anterior había dejado su puesto a una jovencita risueña y agradable.

-¿Cómo ha pasado la noche, señor?

-Muy bien gracias. Disculpe, ¿qué día es hoy? - preguntó Bruno.

-Sábado, señor. ¿Por qué lo pregunta?

Llevaba tanto tiempo huyendo que había olvidado llevar la cuenta de los días.

-Por nada, sólo tenía la impresión de haber dormido semanas. ¿Podría indicarme algún lugar para desayunar?

-Claro que sí, señor. Al otro lado de la autopista hay un par de restaurantes de tortitas - Cada respuesta venía acompañada de una ligera sonrisa que le hacía sentir reconfortado -, vaya a aquél dónde vea más camiones aparcados delante; ya se sabe que los camioneros nunca se equivocan al elegir dónde comer.

-Algo parecido decimos allí de donde vengo.

-¿Y de dónde viene? Si me permite la pregunta, claro. Es que he podido notar que su acento no es de por aquí.

Risueña, agradable, curiosa y observadora. Y bastante guapa.

-De muy lejos. Del otro lado del Atlántico. De España para ser más concretos. ¿Conoces España? - Un tono de melancolía brotaba con las palabras de Bruno.

-Nunca he estado, pero me encantaría conocer Barcelona - respondió ilusionada la recepcionista -. ¿Ha estado en Barcelona alguna vez? ¿Cómo es?

“Si conocieras la Barcelona que yo he llegado a conocer no estarías tan encantada”, se dijo a sí mismo.

-He estado por allí algún tiempo, pero no demasiado. En realidad yo vengo de más al sur, pero también junto al Mediterráneo, lleno de palmeras y siempre con buen clima.

-Seguro que es un lugar precioso - respondió ella -, me encantaría poder visitarlo también algún día.

“A mí también me gustaría volver algún día”, pensó Bruno. La joven estaba encantada: un cliente del otro lado del charco allí, en un motel cutre de un minúsculo pueblo en mitad de la nada. Y bastante atractivo, aunque quizás demasiado delgado para su gusto. Era la persona más increíble que había conocido jamás.

-Debo marcharme - dijo Bruno -, he de comer algo.

-Claro, señor- dijo la joven con un brillo especial en los ojos -. Encantada de haberle conocido.

No había perdido esa chispa que le hacía tan encantador, ni siquiera después de todo por lo que había pasado. Claro, que ahora se preguntaba si esa misma chispa no era la causante de que ahora estuviera huyendo.

Salió de la recepción del motel y se fue al coche. Buscó la llave en los bolsillos del pantalón. “Vaya, creó que me he ido sin pagar”, se dijo al notar en uno de los bolsillos todo el dinero que había tomado prestado la noche anterior de uno de sus perseguidores. La recepcionista se había quedado tan alucinada con él que se le había olvidado pedirle el dinero.

Entró al coche y arrancó. Al menos así podría comer también más adelante.

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