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sábado, 7 de julio de 2012

07/07/2012

Bruno retomó su plan de huida mientras desayunaba como hacía tiempo que no lo hacía: un café, un par de tostadas, bacon, huevos, zumo, tortitas... ni en casa de Julio había comido nunca así, y no era por falta de medios. Estaba contento. Había comenzado a sonreír por primera vez en varias semanas. Quizás porque por fin podía tomarse el tiempo para comer tranquilamente algo que no saliera directamente de un envoltorio de plástico; los hombres de Julio debían estar muy lejos aún para poder localizarle y tendría algo de ventaja por el momento. Quizás como respuesta a la reacción de la recepcionista, y es que hacía tiempo que creía perdido ese encanto suyo. Quizás simplemente se debía al pequeño descubrimiento que había hecho en el maletero del coche justo antes de entrar a la cafetería: al parecer los hombres de Julio venían de hacer un cobro justo antes de encontrarse con ellos y lo habían dejado sin más en el maletero. Y ahora él tenía en sus bolsillos unos diez mil dólares en joyas. Eso le daría para algunas comidas más, una vez pudiera empeñarlas. Y quizás algo de ropa nueva.

Pero primero debía seguir su camino hacia el norte. En Canadá podía tener alguna oportunidad para desvanecerse y, quizás, en un par de años, poder volver a casa. Pero aún quedaba mucho camino por recorrer y cruzar lo frontera no iba a ser nada fácil y menos sin una tarjeta de residencia. Quizás ahora podría comprar algunos papeles falsos...

-Disculpe señor.

Bruno levantó la cabeza con la boca llena de zumo y tortitas a partes iguales. La chica del motel estaba frente a él de pie.

-Perdone que le moleste, es muy vergonzoso para mí, pero cuando ha salido del motel no ha pagado y me jefe quiere que consiga ese dinero cómo sea...

-No te preocupes – la tranquilizó Bruno mientras tragaba el contenido de su boca con prisa -, te lo daré enseguida. Pero primero podrías sentarte y acompañarme. ¿Te apetece algo?

Ella estaba nerviosa. No se atrevía a mirarle a la cara.

-No pasa nada, ha sido sólo un despiste, le puede pasar a cualquiera – dijo él mientras le tomaba la mano -. Siéntate un momento y lo solucionaremos en seguida, pero primero deja que te invite a almorzar.

-Es usted muy amable, pero debería volver al trabajo.

-Demasiado sentido del deber. Serán sólo cinco minutos. Vamos, quédate.

El gesto de tocar su mano había hecho que ella bajara la guardia y se sentara frente a él sin oponer mucha resistencia. Aún se sentía avergonzada, con las manos recogidas en su regazo por debajo de la mesa.

-No debería quedarme mucho o mi jefe me despedirá.

-Puedes decirle que te ha costado encontrarme un poco más de lo esperado. Lo entenderá. ¿Cómo te llamas?

-Laura.

-Bonito nombre. ¿Edad?

-Veintiún años.

-Eres bastante joven – Bruno cada vez se sentía más cómodo en su papel de seductor -. ¿Y qué haces trabajando en ese motelucho?

-Quiero volver a la universidad, así que necesito dinero.

En su interior Bruno se sobresaltó. La historia le resultaba demasiado familiar, se había aprovechado de esa situación tantas veces antes, en Barcelona, siempre de forma tan mecánica y fría, que ahora se veía a sí mismo como un despojo sin sentimientos, intentando aprovecharse de otra jovencita inocente. Si había decidido huir era, entre otras cosas, por eso.

-¿Y qué hace usted aquí, en mitad de ninguna parte, tan lejos de España? - preguntó curiosa.

“Eso quisiera saber yo”, se dijo a sí mismo. Debía huir, pero, en cuanto una chica se le acercaba, perdía de vista su objetivo.

-Turismo – dijo de forma seca -. Me encanta viajar y conocer mundo.

-Corbin no aparece en demasiados mapas, la verdad – dijo ella riéndose.

Su risa era deliciosa y tímida. Pero Bruno no pudo reírse con ella. En el aparcamiento, de un coche patrulla acababan de bajar dos policias que estaban mirando el interior del coche con el que pensaba continuar su huida. “Mierda, la sangre”. El asiento del acompañante debía estar totalmente manchado de sangre de la noche anterior y no se había molestado en taparla.

-Laura, ¿cómo has venido hasta aquí?

-Pues en mi coche.

Era una oportunidad de salir de ésta.

-¿Puedo pedirte un gran favor, Laura? - le preguntó mientras puso su mejor cara de chico bueno.

-Por supuesto – respondió ella sin dudarlo ni un segundo.

-No grites.

-¿Por qué iba a hacerlo? - preguntó intrigada.

- Porque te estoy apuntando con un arma y no quiero tener que hacerte daño.

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