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martes, 26 de junio de 2012

26/06/2012

Bruno abrió los ojos rápidamente y dio un volantazo. El sonido de los neumáticos al pisar las bandas sonoras de la cuneta le arrancaron del fugaz sueño en el que había caído. La adrenalina ya había dejado espacio al cansancio. Llevaba una hora conduciendo desde el baño en el gélido lago. Muy a su pesar, no le había despejado lo más mínimo. Más bien al contrario.

Los carteles de la autopista le indicaban una salida a unos cinco kilómetros. Corbin, Kentucky. Ni siquiera se había dado cuenta de que había cambiado de estado. Apuró las pocas fuerzas que le quedaban para llegar al pueblo y poder descansar un poco.

A la entrada del pueblo encontró un motel. Aparcó detrás y fue a la recepción cojeando. Sólo pasó un pensamiento por su mente: deprimente. Pero al menos podría dormir algunas horas. El tipo de la recepción no mejoraba en absoluto el ambiente reinante.

-¿Cuánto por una noche?- preguntó Bruno.
-Son 30 dólares. La mitad por adelantado.

“Menudo robo, pero pagan los hombres de Julio”. Sacó el dinero y el recepcionista le dio una llave.

-¿Tiene hielo?- el tobillo se le iba hinchando por momentos.

El recepcionista hizo un leve gesto con la cabeza apuntando a una máquina al otro lado del vestíbulo.

-¿Tiene cambio?- dijo Bruno mientras dejaba un billete de diez dólares en el mostrador.

El tipo dejó unas cuantas monedas frente a él y Bruno se detuvo un instante a contarlas.

-¡No falta nada!- le espetó el recepcionista.
-Lo sé, pero no me sobra el dinero.

Se acercó a la máquina , puso todo el hielo que pudo en una bolsa y salió de la recepción del motel buscando su habitación.

Cuando llegó frente a su puerta se detuvo unos segundos. Esperaba oír un frenazo, un portazo, algo. Nada, sólo el rumor lejano de algún camión por la autopista. Abrió la puerta de la habitación y sus sensaciones cambiaron de deprimentes a absolutamente nauseabundas cuando un par de cucarachas pusieron patas en polvorosa al abrirse la puerta. “He dormido en sitios peores”, se dijo a sí mismo.

Dejó su mochila en una silla junto a la puerta y fue al baño. Se miró en el espejo durante un par de minutos, con la mente en blanco. Era la sombra del que había sido meses atrás: la cara demacrada, por los kilos perdidos, con barba tras varias semanas sin poder afeitarse; los ojos hundidos y sin brillo; la piel reseca y pálida. Ni su madre podría reconocerlo ahora, aunque seguramente tampoco tendría ganas de verlo.

Se desnudó y se metió en la ducha. Agua caliente, aunque fuera por sólo unos minutos. Cogió la cuchilla de afeitar que aún guardaba en su mochila y un poco de jabón. Al menos no seguiría pareciendo un vagabundo. No demasiado.

Cuando acabó tenía mejor aspecto o, al menos, anímicamente se encontraba algo mejor. Miró el reloj, las cuatro y cuarto. Podría dormir unas cuatro o cinco horas, todo un lujo para él tras los últimos días. Puso la alarma a las nueve, no quería perder toda la ventaja ganada. Levantó las sábanas de la cama liberando un horrible olor a moho. “He dormido en sitios peores” se repitió.

Machacó ligeramente el hielo y lo colocó sobre su maltrecho tobillo. El frío le hizo reaccionar enseguida. Sacó la camiseta ensangrentada de la mochila y la enrolló alrededor de su pie, para que el hielo fuera haciendo efecto durante la noche. Se metió en la cama trazando su plan de huida, pero cayó en los brazos de Morfeo de inmediato con una dirección fija en su mente: hacia el norte.

Siempre hacia el norte.

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